Los días buenos
(que, con todo, son los más)
disfruto de
exactamente lo que tengo.
Y los días malos
(que, aun así, llegan también)
deseo más de
exactamente lo que tengo.
Es entonces cuando el mero roce
de la ropa al respirar
reabre todas las cicatrices.
«Te reconoceré cuando llegues»,
escribí una vez, sin saber
que habría distancias que,
en esos días malos,
son insalvables
(y también en los días buenos).