En la estufa (fuera hace viento)
suena el rumor de las llamas
que ondean
como banderas
de un país desconocido
(y cálido).
El suelo alfombrado de blanco,
empiezan a asomar
los primeros brotes verdes
en los árboles.
Me han pintado el pelo
por primera vez.
No me reconozco
pero
sigo siendo yo.
Me miro en el espejo
y me río:
sí, soy yo.
Lavo la copa con tanto énfasis
que al girar la muñeca
-tan enfáticamente-
rompo el cristal con el dedo.
Tecleo como puedo
con el meñique vendado.
El anular se desvía de su camino
cada dos o tres letras:
hace lo que puede
-a pequeños saltos-
el trabajo de los dos.
El meñique está ciego
con la venda puesta
(por eso tantas erratas
que corregir después).
La mano derecha, pobre,
recorre como puede
-a saltitos-,
sin muletas,
con esfuerzo,
el teclado.
De pronto me giro y ahí está:
sobre mi hombro izquierdo
la luna llena me mira
con fijeza.
La sábana blanca tendida al sol,
entre el almendro y el saúco.
Sobre ella,
la sombra en movimiento del humo
de la chimenea:
la película de mi vida.
La pala negra de hierro en la entrada:
tengo que ir a devolverla
a casa de la vecina.
Mientras me decido,
y por no pensar en tumbas y entierros
demasiados en este último año,
pienso que sirvió para remover la tierra
de un jardín en ciernes.
No sirve de mucho:
cada vez que bajo la escalera
y me la encuentro al pie,
pienso que está esperándome.
¡Tengo tantas cosas que hacer todavía
(entre otras, devolver la pala)!
Un año más
las ramas florecidas del almendro de Fidel
están a punto de ocultar la carretera
que sube hasta aquí
hasta el próximo otoño.
Otro año más.
La noche es clara
-hay luna llena-,
en la distancia
se ve
la casa del lama iluminada
-probablemente con velas-.
En la distancia
-pero también muy cerca-
se oye
el golpeteo rítmico de un damarú
y un grito agudo que sube y sube
-con intervalos de silencio-
y los ladridos de los perros
alborotados.
Los guijarros de la playa
recién lavados,
como piezas de un juego de mesa
gigantesco
sin estrenar.
El mar,
casi blanco bajo el sol de la mañana,
me deslumbra.
Hay barcas que esperan
varadas en mitad de los naranjos
y calles de casas amarillas
(el mar al fondo):
En la segunda casa
de la última calle
se oye música
(Alegría)
por las ventanas abiertas.
La nostalgia es,
me temo,
lo que me impulsa a abandonarlo todo
cada vez
y continuar buscando
en otra parte.
Voy haciendo montones
en las sillas,
en la cama pequeña de arriba,
en la mesita de la entrada
con todas las cosas
que tengo que guardar en la maleta.
Detengo el coche,
pero antes de bajar
a hacer la compra,
subo el volumen del radiocasete,
coreo a voces una canción sobre la esperanza
y escribo este poema.
He confundido de nuevo los primeros copos de la nevada,
en medio del vendaval,
con las flores de los almendros.
La nieve cae de izquierda a derecha,
según se sale de la puerta de la cocina.
Cuando la piso
se desplaza y se amolda a mi huella.
Tan blanda como parece, ¿cómo es que cruje así?
Intento tener un horario
de persona normal:
levantarme a las 8 de la mañana
irme a la cama a las 12 de la noche.
Si tanto esfuerzo me cuesta,
¿será que no soy normal?,
me pregunto
desvelada.
No tengo báscula
desde que se rompió, hace 15 años:
ya sé que si me veo gorda es que algo ocurre
en mi cabeza.
Tampoco tengo termómetro afuera
desde que se rompió, hace dos inviernos:
ya sé que si siento escalofríos es que algo no anda bien
en mi corazón.
Primero fueron los almendros florecidos,
y luego el viento,
después la nieve,
más tarde el sol, que derritió la nieve
siguiendo el perfil de la sombra de mi casa.
El hielo en la sombra.
Y luego más viento.
Ahora queda sólo un charquito
con ocho pétalos de flor de almendro
donde bebe el gato.
Apago la luz de mi habitación
y descorro las cortinas:
la luna me lame los pies, como un cachorro,
igual que hará el sol
por la mañana.
Las torres desde la Torre Tavira,
el mar desde la calle.
El viento
en todas partes.