Amanece otro mes,
otro día,
otro segundo.
Es ahora
y la luz, tan intensa.
Es ahora.
Tener tiempo
para dibujar a Carla, que cumple once años,
con flores en el pelo
y una docena de rosas rojas.
Sé que estuve enfadada
pero ya no recuerdo por qué.
A veces consigo mirar el mundo
como si acabaran de hacerlo.
Limpio la casa y tiro
todo lo que no necesito.
Quiero vivir aquí como si esta no fuera mi casa
y viajar
ligera de equipaje.
Cuando dejé de dar por supuestas
tantas cosas
empecé, por fin, a ver lo que había
tal cual era.
Desde el piso de arriba intento
adivinar, por sus voces,
quién ha encontrado la puerta abierta,
ha pasado sin llamar
y está llenándome la casa
de tanto amor.
Saber que, de vez en cuando
-una mañana de sol,
por ejemplo-,
te acuerdas de mí.
Descubro por fin cuál es mi sitio
y me quedo.
Veo lo que ocurre a mi alrededor
sin añorar nada.
Recibo a todo el que llega
como a un amigo.
Estoy en mi sitio:
no hay lugar mejor, más hermoso
y más cálido.
Contra el cielo del anochecer
florecen los almendros
y se oye el canto de los pájaros.
El gato pasa junto a mí ronroneando,
sin dejarse acariciar aún.
Moisés, que significa El hallado,
es el nombre del niño
que encontró a un perro perdido
mientras buscaba al suyo.
Lo subió a su casa,
le dio agua y comida,
se quedó a su lado hasta que, rendido,
aquel perro que no era suyo se durmió.
Al día siguiente llamó a sus dueños.
Y al día siguiente,
el niño Moisés, El hallado,
siguió buscando, incansable, a su perro perdido.
El primer día del año es buena ocasión
para poner una lavadora,
y barrer las pelusas de debajo de la cama.
Y también
para darse cuenta de que es un día
igual a cualquier otro.
Adiós
Me di la vuelta y vi
que se quedaba atrás, saludándome
con la mano. Saludaba
con la mano, la llevaba así
de un lado a otro, y me decía:
nunca volveremos a vernos.
Yo no quería, yo no podía, pero
los pies se me llevaban como un río
mientras él, cada vez
más pequeño y más lejos
me decía:
nunca volveremos a vernos.
Hoy soy yo quien le veo partir
y volverse a mirar un momento.
Que te vaya bien, le digo,
mientras más le aleja el río.
Adiós, mi amado, adiós,
le digo con la mano:
nunca volveremos a vernos.
Pronto volveré a hacer la maleta,
recorreré kilómetros,
dormiré en una cama que no es la mía
en una ciudad que no conozco.
Fuera de mis casillas,
en ese lugar tan incómodo
donde todo,
absolutamente todo,
es posible de nuevo.
Tal vez por la sequía
o porque no ha hecho mucho frío
o porque las he descuidado
entre viaje y viaje,
las orquídeas no han florecido este año todavía.
Sobre la encimera de la cocina,
mientras absorben el agua,
veo decenas de capullos redondos y apretados,
verdes aún,
tiernas ramas nuevas,
y alguna hoja que va abriéndose.
Indiferentes al calendario que dice
que llevan dos meses de retraso.
Los días de descanso y los de mucho trabajo
se parecen:
la noche me sorprende
con el pijama puesto
todavía
y la cama sin hacer.
Una mariposa choca
una y otra vez contra el cristal del balcón.
Yo sigo enhebrando palabras
una detrás de otra
antes de que se haga de día.
Estoy cociendo espaguetis
y la cocina se convierte en un recinto
mágico
y luminoso.
Tras los cristales empañados
la oscuridad se adensa.
Ojalá tener una herradura o una pata de conejo,
derramar el vino,
tocar madera,
echar sal a mi espalda
resolviera mis problemas.
Pero el futuro no está escrito
en el horóscopo.
Menos mal.
Aquellas conversaciones frente a frente
en las que
no era juzgada,
castigada
-«como penitencia rezarás»-
ni perdonada
por atreverme a pensar.
¡Cuánto las echo de menos!
Mi único reproche:
que no me enseñaras qué hacer
con esta nostalgia.
Llámame sólo cuando no necesites
nada de mí,
ni siquiera
mi compañía.
Me temo que sólo entonces
podrá acudir mi corazón desnudo.
El sabor del aceite picante en la comisura
de los labios
y el del sésamo en la lengua.
Frente a mí el saúco.
Fin de semana:
mis únicas obligaciones son
comer
y encender la chimenea.