Los gatos vienen a comer
por la mañana
y también por la tarde.
Por las noches maúllan,
se pelean,
se aman,
corren
como si no hubiera un mañana.
Por la mañana
vienen a comer,
también por la tarde.
Cuesta admitir que la vida tiene
una cara tan fea a veces,
que a veces llegan mareas
llenas de podredumbre
que te estallan en la cara,
y que lo único que puedes hacer a veces
es aguantar la respiración.
Cuando hay delincuente, delito y víctima
no hay neutralidad posible
dijo el juez.
El místico calló, el corazón roto.
A cuántos ríos,
ciudades,
autobuses,
fronteras,
barcos,
carreteras
de distancia te fuiste a vivir.
Y estás tan cerca, sin embargo.
Leo perpleja
todas las cosas que habéis escrito
con tanto amor.
«No puede ser pienso
no pueden estar hablando de mí.»
La estufa de hierro se dilata y canta
con el calor de la leña encendida.
Os miré
y vi tantos
rostros amados a mi alrededor
que lo único que quise
fue acariciaros,
sentir en la punta de mis dedos el calor de vuestra piel,
tener vuestras sonrisas
unos segundos en mis manos.
Cuando supe que estabas enferma, enfermé.
Y a la hora que entrabas en el quirófano
encendí el fuego,
como si de algún modo ayudara así a mantener
tu preciosa vida encendida.
Y las horas se nos fueron volando una vez más
hablando de todas las cosas que nos interesan a ambos
y que nos intercambiamos como los críos se intercambian los cromos
a la hora del recreo:
contentos,
febriles,
concentrados.
Con unos días de retraso (los monarcas se perdieron en la niebla), aquí tenéis mi regalo: un cedé de audio con doce textos de Berna Wang leídos por Berna Wang. Espero que lo disfrutéis.
Un abrazo de osa prepirenaica.
Berna
Quizá esté llegando por fin, a esa edad desde la que él me dijo,
hace nueve años:
«Ya no juzgo, sólo intento comprender».
Quizá.
Ya nada ahora
Largo es el arte; la vida en cambio corta
como un cuchillo,
Pero nada ya ahora
–ni siquiera la muerte, por su parte
inmensa–
podrá evitarlo:
exento, libre,
creciente en un espacio sin fronteras,
este amor ya sin mí te amará siempre.
Ojalá puedas ver
que tus viajes sobre el mapa
trazan, en realidad,
recorrido tras recorrido,
el dibujo
hermoso y único
de tu vida hermosa y única.
Las manos me huelen a humo de leña
y a mandarinas.
Echo de menos a Ángel González
con una nostalgia similar a la nostalgia recién estrenada
que siente el muchacho al ver una película de su niñez
y el escozor del segundo en que la mano,
sin querer,
toca la estufa ardiendo.
Las manos me duelen a humo de leña
y a mandarinas.
Las nubes hechas trizas,
desgarradas por el viento del norte.
Sus jirones llenan el cielo.
El libro cerrado sobre la mesa
es como un ataúd de papel
(si no fuera
porque cada vez que lo abro y leo
las palabras están
tan vivas).
Se murió la señora Aurora.
Volvimos del cementerio
hablando de nuestros hijos
y de su futuro.
Que el sol corone de oro los naranjos
esta tarde
y la tierra te reciba generosa.
Ya no tendrás que volver a llorar,
ni volverá a dolerte la vida.
Que el sol corone de oro tu cabeza
todas las tardes.
A veces ocurren milagros
-me refiero a sucesos improbables
que te dejan el corazón sin defensas
(ni falta que hacen)
como que alguien te busque
y te encuentre
después de treinta y tantos años-.
Entonces
sólo cabe
respirar despacio,
llena de extrañeza
ante la maravilla.
En el silencio del mediodía
de domingo,
el río suena abajo.
Arriba, en la carretera,
pasa un camión.
De vez en cuando necesito
llamar a una amiga
para comprobar que sigo cuerda.
Y conducir kilómetros
por la montaña soleada,
la mejilla izquierda apoyada en el sol,
para que la cuerda no me ahorque.
El pez, a la vuelta de las vacaciones,
había regresado al mar en nuestra ausencia
-hacía mucho calor en la ciudad, hijo-.
El perro, cuando vinimos de comer aquel domingo,
se había ido a casa del abuelo, al pueblo, donde estará mejor
que en un piso, ya verás.
El gato, ¿cómo fue?, se marchó un mediodía,
mientras estábamos en el colegio,
con una novia que, por lo visto, le había salido en la vecindad.
Y el canario (eso ocurrió un otoño, a principios de curso)
se fue tras una bandada de golondrinas.
O eso nos dijeron.
Dimos la primera luz al telescopio
mirando a Marte
y los cráteres de la luna.
Entre risas
y exclamaciones de asombro
y de frío.
Lejos, cerca,
grande, pequeño
son sólo palabras.
Conduzco de madrugada en la niebla
para llegar a la estación.
Un tren hasta el mar,
otro hacia el sur
y otro más entre naranjos
y el olor del gasoil.
Hasta Orihuela
tantos años después.
Casi duele
de no ser porque el amor
(aunque sea diferente)
perdura
todavía.
Paso la tarde en la placeta
donde pasan la vida,
los vecinos,
y los amigos
que se sientan a mi mesa
para ponerme al corriente
de los amigos,
los vecinos
y la vida.
Sopas de ajo para cenar,
vino tinto
y estrellas.
En casa,
estamos entre amigos.