¿A dónde irán las palabras
escritas en los papeles que quemo
en la estufa de leña?
Los días buenos
(que, con todo, son los más)
disfruto de
exactamente lo que tengo.
Y los días malos
(que, aun así, llegan también)
deseo más de
exactamente lo que tengo.
Es entonces cuando el mero roce
de la ropa al respirar
reabre todas las cicatrices.
«Te reconoceré cuando llegues»,
escribí una vez, sin saber
que habría distancias que,
en esos días malos,
son insalvables
(y también en los días buenos).
CANTO XXXV
Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
He respirado al lado del mar fuego de luz.
Lento respira el mundo en mi respiración.
En la noche respiro la noche de la noche.
Respira el labio en labio el aire enamorado.
Boca puesta en la boca cerrada de secretos,
respiro con la savia de los troncos talados,
y como roca voy respirando el silencio,
y como las raíces negras respiro azul
arriba en los ramajes de verdor rumoroso.
Me he sentado a sentir cómo pasa en el cauce
sombrío de mis venas toda la luz del mundo.
Y yo era un gran sol de luz que respiraba.
Pulmón el firmamento contenido en mi pecho
que inspirando la luz va espirando la sombra,
que nos anuncia el día y desprende la noche,
que inspirando la vida va espirando la muerte.
Inspirar, espirar, respirar: la fusión
de contrarios, el círculo de perfecta consciencia.
Ebriedad de sentirse invadido por algo
sin color ni sustancia y verse derrotado
en un mundo visible por esencia invisible.
Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
Me he sentado en el centro del mundo a respirar.
Dormía sin soñar, mas soñaba profundo
y, al despertar, mis labios musitaban despacio
en la luz del aroma: Aquel que lo conoce
se ha callado y quien habla ya no lo ha conocido.
Me he sentado al sol por la mañana
para que secara mis lágrimas.
Al atardecer, a la espalda,
me empujaba de regreso
a casa.
Lo guardo con tanto empeño
que he olvidado dónde.
(Si, además, permaneciera quieta,
las arañas tejerían sus telas sobre mi boca.)
He renunciado, por fin, a decirla.
Se suele recordar la primera
(como el primer beso,
la primera noche sola,
tal vez el primer poema)
pero no puedo saber cuál es la última.
Entonces, para qué decir.
Los almendros florecidos
y el zumbido de las abejas a su alrededor.
Ya asoman algunas hojas verdes, tan tiernas.
Apenas hay que encender el fuego a la tarde.
Entre los troncos de leña,
pétalos blancos.
Todas esas mariposas blancas saliendo a nuestro paso
desde el margen de la carretera.
Diminutas y livianas
como un suspiro.
A esa hora en que ya no es de día
y aún no es de noche
la luna llena nos enmudece.
Cuando era niña hacía silbatos con huesos de melocotón
frotándolos en el muro de granito de la escuela.
Aún me acuerdo del color anaranjado de las rayas
sobre la pared gris de (también lo recuerdo)
cuarzo, feldespato y mica.
Las pelo sin cuchillo
–la piel servirá, una vez seca sobre la estufa
de leña, para encender el fuego–
y las como despacio.
Dejo para el final el corazón,
lo más dulce.
Donde vivo, que los perros le ladren a la luna llena no es una frase, sino un hecho.
Dijiste: seguiremos juntos hasta que uno de los dos se canse.
Y añadiste: ojalá seas tú.
Y yo te dije: ojalá seas tú.
Entre la ropa limpia
y los útiles de escribir
puse en la maleta un puñado de textos.
Como semillas dulces
para irte enviando hasta que vuelva a casa.
Me detengo en el jardín para distinguir
entre la algarabía de los pájaros,
el familiar canto del mirlo.
A veces pienso que me gustaría tener el pelo rubio y rizado
(o tal vez lleno de canas),
las caderas más anchas
o una nariz más recta.
Ir vestida de un modo más acorde
(eso dicen)
con mi edad y condición;
que me gustaran las cosas que le gustan a todo el mundo
(y tal vez también las personas)
y, sobre todo,
llevar una vida distinta,
sin sobresaltos.
Es cuando llego ahí (“una vida distinta”)
cuando me río
de las tonterías que pienso a veces.
Cambia la vida en un segundo. Está ahí
y ya no está.
Igual que en un sueño cuando no sabemos
que estamos soñando.
¿Cómo es posible que esté nevando
y que brille el sol al mismo tiempo?
¡Lo es!
Parece increíble,
pero he conocido a un hada.
Estoy segura, porque me dijo:
“tienes un corazón y es real”
y sus palabras fueron como un dardo
que me alcanzó en el centro
del corazón.
Qué asombroso descubrir
por el rastro de las lágrimas
en la cara
los ojos.
Con la edad el tiempo
se hace más corto
y el corazón más largo.
Cómo me gusta sentarme al sol y veros
jugar, reír, beber, hablar.
Eso me basta para ser inmensamente
feliz.
Hago la maleta una vez más,
peregrina del corazón
al corazón.
Te echo de menos.
Un arte
No es difícil dominar el arte de perder;
tantas cosas parecen rebosar del deseo
de ser perdidas que su pérdida no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la irritación
de las llaves extraviadas, la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.
Practica después perdiendo más, y más rápido:
lugares, y nombres, y los sitios a los que quisiste viajar.
Ninguna de estas pérdidas será un desastre.
He perdido el reloj de mi madre. ¡Y mira!, la última
o la penúltima de las tres casas que he amado se perdió.
No es difícil dominar el arte de perder.
He perdido dos ciudades preciosas. Y más aún:
algunos reinos que poseía, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue un desastre.
Incluso perdiéndote a ti (la voz risueña, un gesto que
amo) no habré mentido. Es evidente
que no es demasiado difícil dominar el arte de perder
aunque parezca (¡escríbelo!) parezca un desastre.