Queda todavía algún grillo solitario,
cri
cri
cri,
como pisadas cautas en la noche de otoño.
El tren, ruidoso y repentino,
divide con un sobresalto
la noche en dos.
Duerme el reflejo de los árboles en el estanque helado.
Los peces bailan en el fondo.
La tierra roja y el cielo azul,
el aire tan frío.
El cielo gris, la luna alta.
Pasa otro tren.
Miro por la ventana.
Hoy nada
ni nadie dice nada.
Cuando la curiosidad es más fuerte que el miedo
hace menos frío
en la oscuridad.
Días de toboganes y vértigo,
prisas y tiempos extrañamente
muertos.
Días de sentirse extrañamente viva.
Se presiente la nieve en el viento helado,
en la cristalina transparencia
de las mañanas.
Yo no lo sé.
Y me pregunto te pregunto si realmente es necesario
saberlo.
Calor en el rostro,
las manos, los pies,
el pecho.
Junto a la chimenea.
Las brillanes burbujas del almíbar en la sartén,
los cristales empañados.
El milagro del azúcar que cristaliza:
almendras garrapiñadas.
El océano de nubes,
inmóvil
aparentemente calmo.
En la collada,
entre la encina y el castillo,
el cielo tan azul parece hoy
el mar.
Ha llegado el invierno:
las esquilas,
abajo en el valle,
suenan como agua.
Noches en las que un verso
viene, no sé de dónde,
y me persigue
hasta que me siento aquí
y lo persigo
hasta completar el poema.
Que tus días y tus noches
sean tan fáciles como respirar
el aire frío de las mañanas de diciembre.
Que sean tan felices
como yo lo soy cuando pienso en ti.
En ausencia del edificio Windsor
un gran rectángulo de sol.
Un coro canta villancicos.
Un pájaro cruza, veloz, la ventana, en busca del tejado.
Como una hoja que cae hacia arriba.
La plaza y
la gran estupa de Boudhanath.
Imán de devociones,
los ojos del Buda
mirando.
En una orilla del Bagmati el gran templo de Shiva,
los crematorios
y el edificio donde se extraen las córneas.
En la otra, los templetes de piedra
donde se celebran los ritos de fertilidad.
Metidos en el agua hasta la cintura,
un grupo de hombres busca entre el lodo.