Me reciben en el jardín, a mi regreso,
el saúco sin flores
y un montón de espigas amarillas.
Los dos jazmineros rebosantes de olor y flores
dicen “bienvenida”
en esta noche de verano.
La luz trémula e indecisa del atardecer se alarga
todo el día; nunca sé
qué hora es.
Cuando llegamos me ofreció vino (era merlot chileno)
de su copa.
Volvimos a brindar cuando nos sirvieron
nuestra propia botella.
Y luego le ofrecí que bebiera
de mi copa.
En el pequeño restaurante del puerto,
despedidas, risas y brindis
de buenos augurios.
Dos líneas de tiza dorada
que se encuentran
y se desencuentran
en el cielo del atardecer.
Así son las cosas.
Sentada junto a la ventana del bar,
lee ensimismada todas las historias escritas en la pared,
al otro lado de la calle.
Pasa delante de ella un amigo del barrio, como un pensamiento.
Madrugada de primavera en la calle del León.