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Creditos
Textos: Berna Wang
Fotografías: Francisco Javier Garín Voxel Infográfica
Diseño: Joaquín Bernal Baara Estudio

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Autorretrato Agradecimientos

7 de febrero de 2002

Para la lista en su primer cumpleaños.
Y para el hombre a quien quiero, por habitarme.

Soy una casa. Y al mismo tiempo, la persona que la habita.

La casa tiene muchas habitaciones. Hay desvanes claros y sótanos oscurísimos, húmedas bodegas y buhardillas soleadas. Empinadas escaleras de caracol y una amplia escalinata de mármol blanco. Suelos de cálida madera y también de baldosa helada. Pasillos largos y oscuros. Galerías acristaladas con geranios rojos. Habitaciones grandes y cuartos pequeños. Una cocina. Despensas. Trasteros. Salones, dormitorios, baños y letrinas. También un pozo negro. Y ventanales. Balcones. Miradores. Ventanucos. Terrazas. Un porche.

Me gusta mi casa.

Bueno, la verdad es que no la conozco entera. Ni siquiera he conseguido hacerme con un plano, ni dibujarlo yo. Y a veces me pierdo. Otras veces llego de pronto a habitaciones desconocidas que me dan miedo. Pero a pesar de eso, siempre es cálida, acogedora. Y me gusta.

En mi casa vivo yo y vive mucha gente. Mis amigos, por ejemplo. Llegan un día, algunos de uno en uno, otros en grupo, y se instalan y se traen sus cosas y abren habitaciones nuevas que antes no estaban y lo mejor de todo es que cada una de esas habitaciones tiene otra puerta que lleva a las habitaciones de la casa de mi amigo, como en esas ilustraciones del libro de matemáticas cuando tocaba teoría de conjuntos y la habitación es ese óvalo naranja donde se juntan el círculo rojo de la casa de mi amigo y el círculo amarillo de mi casa. Algo así.

También está mi familia. Mis padres, mis hermanos, mis cuñados. Mi hijo, con una habitación que crece a medida que va creciendo él y va convirtiéndose en un hombre. Y el padre de mi hijo. Y toda la familia del padre de mi hijo. Y, además, tengo una habitación muy grande llena de China: palabras, personas, objetos, recuerdos míos y ajenos, historias, fotos. Hasta hace unos meses, era una habitación medio vacía, algo triste y destartalada, en la que había fragmentos de cosas sin sentido que me daba más bien grima y delante de la cual procuraba no pasar mucho. Pero vine este verano de mi viaje con las maletas llenas y ahora es como una cámara del tesoro. Desde que volví he pasado horas allí dentro, disfrutando. Con mi familia, con algunos de mis amigos. Con mi airén. Últimamente, la verdad, no voy mucho. Pero sé que está allí. Y ahora ya no me da grima. Es más: paso delante cuando puedo, camino de otros asuntos, incluso si tengo que desviarme un poco, y me asomo a la puerta y me quedo un rato allí, con el hombro y la cabeza apoyados en el quicio, una taza de té verde humeante en la mano. Y me tomo el té a sorbitos y sonrío.

Hay habitaciones donde están los recuerdos. La infancia. La adolescencia. La juventud. Los primeros años de la madurez.

Los libros. Las canciones. Las películas. Las conversaciones.

Y los huecos donde estuvieron las habitaciones de amigos que fueron quedando atrás a medida que la vida iba tomando un rumbo distinto.

Y las huellas de los grandes amores. Porque los grandes amores, a diferencia de los amigos, no sólo llegaron y trajeron sus cosas y abrieron una nueva habitación en la casa desde la cual unimos dos círculos de diferente color, sino que recorrieron y habitaron conmigo gran parte de mi casa y se quedaron un tiempo y al marcharse dejaron señales por todas partes: la alfombra pequeña del salón está allí porque él me la regaló y a ambos nos gustaba verla desde el sofá, y ese pisapapeles está en la esquina superior izquierda de mi mesa porque una tarde él dijo: «mira: parece que la luz del atardecer se ha quedado atrapada ahí dentro», y ahí sigue el espejo de cuerpo entero, de brumosa plata, en el vestidor: fue su primer regalo y el primer espejo de verdad que hubo en la casa y donde perdí el miedo a verme. Y me encuentro sus libros preferidos mezclados con los míos, y sus discos suenan de pronto, cuando menos me lo espero, y me hacen reír. Y el pasillo se pintó de ese color porque a los dos nos pareció hermoso.

Pero lo más importante de la casa son sus puertas y sus ventanas. Con los años he terminado aprendiendo que para vivir bien en la casa hay que acordarse de abrirlas. Hombre, no todo el tiempo (y menos cuando afuera está helando, por ejemplo). Pero sí muchas veces. Hay que acordarse. Y sobre todo la puerta de atrás. Para que circule el aire, las corrientes (eso que temen tanto las madres, los viejos y los hipocondríacos). Para que entre todo y todo salga, para que fluya la vida sin cesar, sin estancarse. Para que entre el sol. Y también la lluvia, y las hojas secas del otoño, y las pelusas de polen del verano. Y los grillos. Para que no salga moho en los rincones, ni se acumule el polvo sobre las mesas. Para que no haya rincones oscuros por donde dé miedo pasar y donde puedan esconderse los fantasmas para asustarme.

Porque en la casa también hay fantasmas. Por todas partes. Y cadáveres y basura en los armarios y debajo de las alfombras. Pudriéndose. Y me dan mucho miedo. Y asco. Y una vergüenza enorme.

Y aun así, mi casa me gusta.

Es acogedora. Vivo en ella. A veces lloro cuando me pierdo por los pasillos y no encuentro a mis amigos. Otras veces busco un rincón tranquilo y en penumbra para escribir lo que veo. Me siento a la puerta a ver el amanecer. Doy la bienvenida a quienes entran. Me río explorándola y descubriendo habitaciones nuevas. Y cuando viene el hombre a quien quiero, la recorro entera con él de la mano y él me ayuda a abrir las ventanas y las puertas para que entre la luz y el viento y se lleve la basura y descubrimos juntos que los cadáveres no son más que montoncitos de cenizas apagadas y se ríe conmigo y espantamos a los fantasmas.

Besos y sonrisas.


Berna


«Un haz de bendiciones se posa en tu espalda;
la felicidad te corteja con su mejor atavío;
pero tú, como una muchacha huraña y mal educada,
frunces el ceño a tu fortuna y a tu amor: ten cuidado,
ten cuidado, porque quien es así, muere de muerte miserable.»

(Fray Lorenzo a Romeo)W. Shakespeare, Romeo y Julieta