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Textos: Berna Wang
Fotografías: Francisco Javier Garín Voxel Infográfica
Diseño: Joaquín Bernal Baara Estudio

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domingo 15 de febrero de 2004 • 00:00
Invitado: Juan de Juan

El trenzado de Roque

Un hombre se llamaba Roque, y trenzaba mimbre. Lo hacía porque tenía muchas cosas en las que no pensar, llantos pretéritos y una vida dura. Era tanta su necesidad de no pensar que hizo de sí mismo un experto trenzador de mimbre, tan experto que un día se fijó en algo. Si, además de trenzar las tiras de mimbre, consigues revolverlas y anudarlas, puedes conseguir estructuras nudosas que dan relieve al trenzado. Si manipulas esos nudos, haciéndolos allí donde te interesa y no haciéndolos donde no, puedes crear cestas, respaldos de sillas, armarios de mimbre que reproduzcan escenas en relieve. Es un trabajo arduo y casi imposible porque trabajas con láminas de mimbre muchísimo más largas (necesitas más mimbre porque en los nudos consumes mucho), y eso significa mucha fuerza, mucha pericia y mucho tiempo.

Para aquel hombre, el trenzado, al que puso su nombre, acabó siendo su mejor amigo. Las personas pasaban frente a su casa y lo veían trabajando y le preguntaban cosas pero él, concentrado en su trabajo, tan sólo les ladraba: el trenzado es mío, es el trenzado de Roque.

Trenzar escenas fantásticas en mimbre lo liberó de los fantasmas de su tristeza, aunque también lo alejó de las posibles fuentes de felicidad. Roque era tan rudo con las personas como suave con el mimbre. En el fondo, lo que le ocurría es que sabía mucho más del mimbre que de las personas y por eso obtenía de él lo que quería mucho antes. Él no entendía a personas que no le entendían a él. Parecía, pues, no querer a personas que, con el tiempo, acabaron por decirse que no le querían, para protegerse de su ausencia.

Un día, cuando ya era viejo, Roque descubrió un temblor en las manos. Empezó con poca cosa pero después de un par de meses era algo decididamente molesto. El médico le dijo que tenía Parkinson. En realidad, a Roque le importó poco derramar el vino al escanciárselo en el vaso o tardar minutos en meter la llave en la cerradura de su casa. Lo que realmente le importó es que, con la enfermedad, el mimbre se convirtió para él en un extraño. Él sabía muy bien que los bastos amasijos de láminas que compraba al peso escondían la belleza, esas escenas que él imaginaba y había aprendido a reproducir retorciendo las hojas. Sólo que esa belleza se le escapaba porque sus manos torpes ya no eran capaces de obtenerla.

Lo creyó todo terminado. Se volvió todavía más distante de lo que ya era. Su familia lo trataba con cuidado, con el miedo con que se trata a alguien cuya ira se sabe arbitraria. El día que cumplió 90 años, aún así, todos estuvieron presentes. Sus hijos y sus nietos cercanos y lejanos. Cada uno con un regalo, presentes que él recibía con indiferencia y apenas mantenía unos segundos entre sus manos temblorosas.

Al final de la fiesta se acercó a él uno de sus nietos, niño aún. Le entregó un paquete que había traído desde la ciudad donde vivía con sus padres, una ciudad muy, muy lejana, en la otra punta del mundo. Cuando Roque abrió aquel paquete con desgana, se encontró con un ancho joyero de mimbre. Al instante, las yemas de sus dedos reconocieron la textura nudosa de esa forma tan peculiar de tejer el mimbre. Estudió con sus ojos cansados la tapa. Alguien había construido en relieve una escena. Un hombre anciano tejiendo mimbre. Imaginó que el hombre de la tapa de la caja estaba tejiendo una caja en cuya tapa dibujaba a un hombre tejiendo una caja en cuya tapa se distinguía a un hombre tejiendo una caja.

De dónde es esto, preguntó Roque con curiosidad. Su nieto le dijo: de la ciudad de donde yo vengo.

Y añadió: allí todos los trenzados de mimbre son así. Es tradición. Lo llaman el trenzado de Roque.


Juan de Juan
Publicado en la lista Escritura Creativa el 13 de febrero del 2004