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Creditos
Textos: Berna Wang
Fotografías: Francisco Javier Garín Voxel Infográfica
Diseño: Joaquín Bernal Baara Estudio

Creative Commons © 2003 y años sucesivos, Berna Wang, bajo una licencia Creative Commons, excepto los textos citados, que son propiedad de sus respectivos autores.

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viernes 6 de febrero de 2004 • 09:40

Siente miedo, inquietud, agitación, como si un viento tórrido soplara sin cesar en su interior acelerando su corazón, sin permitirle permanecer quieto, descansar. Habla, habla, habla. Todo le parece equivocado y torcido, un error gigantesco, sobre todo lo armonioso, lo bueno: no puede ser, no puede soportarlo. Duele tanto el contraste. Duele demasiado. Trata de destruirlo. ¿No está desolado él? ¿No es una víctima injusta del mundo? Hay que incendiar el mundo, entonces: que no quede ni una flor, ni un árbol, ni un edificio en pie; que todos se vistan de luto porque él está muerto: «lloradme», reclama a gritos. Pero el mundo sigue su marcha a pesar de ese odio que, ay, no mueve nada y tampoco lo detiene: sólo se come las entrañas del que odia, como un viento tórrido que soplara sin cesar en su interior, mientras lo odiado permanece ignorante y feliz. Decepcionado, se aleja de todo sintiendo más ira que nunca, escupiendo palabras de desprecio. Habla, habla, habla. Tiene miedo del silencio, de oír ese viento tórrido que sopla sin cesar en su interior. Rodeado de otras personas decepcionadas, intercambia venenos. Y finalmente se oculta en lo más profundo de su guarida, lo más lejos posible de la luz del sol. Agitado por ese viento tórrido que sopla sin cesar y le devora las entrañas.