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Textos: Berna Wang
Fotografías: Francisco Javier Garín Voxel Infográfica
Diseño: Joaquín Bernal Baara Estudio

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miércoles 1 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente

Te retiro el poder de hacerme daño, enemigo mío:
elijo desatar esta ligadura más fuerte que el amor;
vete en paz, ya no te culpo.
Aquí se separan, por fin, nuestros caminos.




jueves 2 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente

Era una casa de pueblo de una sola planta que dan directamente a la calle. En aquella época, en los pueblos no se cerraba la puerta con llave, ni siquiera de noche. Pero un día, mi abuelo, que era un maniático para tantas cosas, cambió la puerta de entrada por una nueva, de las que no podían abrirse desde fuera si no era con la llave. Aun así, sólo se cerraba de noche y en invierno, y el resto del tiempo permanecía abierta, sujeta a la pared por un gancho que instaló mi tío Ángel para que no se cerrase.

El juego consistía en soltar el gancho y echar a correr calle arriba y luego de vuelta a la casa antes de que se cerrara la puerta. Se trataba de ver hasta dónde llegaba sin quedarme en la calle. Y lo que me gustaba era el hormigueo, la emoción que sentía cuando echaba a correr, lo más rápido que podía, con el corazón latiendo más deprisa aún, y ese segundo en el que parecía que el mundo se paraba, cuando tenía que dar la vuelta.




viernes 3 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente
El olvido

Y con el tiempo se nos olvida su cara, se nos olvida su voz. Ni siquiera sabemos si deseamos verle de nuevo. Ni qué le diríamos si nos lo encontrásemos, o si un día llamara por teléfono. Empezamos a comprender por qué [Edith Wharton escribe que], al cabo de veintitantos años sin verse, Newland Archer decide al final no subir al piso de París donde vive Ellen. Él ya es otro; ella, también. Y, no obstante, nos sorprendemos de lo fácil que es olvidar, de cómo el dolor cede bajo la anestesia de la rutina: reírse, planchar, leer como si tal cosa.




sábado 4 de diciembre de 2004 • 00:00 Enlace permanente
Invitada: Cristina Carneiro

Del manual

Débese quitar la nostalgia.
Los minutos serán entonces trapos, como trapos.
Débense tomar las gracias
como vienen y como van.
Dejar de gesticular.
El tablado en el que bestias de estopa fingen alaridos
Conduce a la luz, sin ser la luz.
También agradézcase.

Y cortadas todas las salidas
es yendo hacia el enemigo que se buscará refugio.

Pero antes de adoptar este curso
tengamos razonable certeza de la ruta
para no caer en manos de falsos enemigos.

Recuérdese: trapos, como trapos, los minutos.
Trapos, como trapos, las horas, los días.
Trapos.
La salida. Las salidas. Trapos.


Cristina Carneiro, Para simplificar (inédito)




lunes 6 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente
Esquinas dobladas (I)

El olor a azahar se pierde al final de la tapia. Al doblar el recodo, una brisa repentina le levanta un momento la falda. Un gato gris cruza apresurado la calle y desaparece. Es de noche, es un sueño. Están solos. Cada uno en una acera. Tan lejos que no pueden verse los ojos.




martes 7 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente
Esquinas dobladas (II)

Él le devolvió sin decir una palabra los libros que ella le había ido prestando en los últimos meses. Y ella encontró entre ellos, inesperadamente, uno del que habían hablado y que, le dijo, le dejaría cuando lo acabase. Entre sus páginas hay varias esquinas dobladas.

Y como asidero último para no rodar hacia la desolación, ella lee con avidez para llegar a las páginas marcadas, para encontrarle y encontrarse en el único territorio común que les queda: las palabras de otro sobre otros. Febril, se aferra a su común costumbre de doblar las esquinas de las páginas en los libros: él, una doblez grande y rotunda, hecha con rapidez y como al descuido, siempre en la esquina inferior; ella, una pequeñita, cuidadosa, en la superior. Se habían reído tanto cuando descubrieron que ambos lo hacían.




miércoles 8 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente
Esquinas dobladas (III)

Va leyendo y va adivinando la frase, el párrafo que él quiso señalar –y qué fácil es encontrarlos, cómo le conoce, qué felicidad verle reflejado en la página–. Va leyendo y va doblando también, una doblez pequeña dentro de la grande –como su mano en la de él aquella tarde de calor en el campo– cuando coinciden en la misma página, quizá en la misma frase, ocultando bajo la doblez de él el pico de la página. Va leyendo y va haciendo triángulos equiláteros, con cuidado de no tapar las letras, para que él los encuentre cuando le devuelva el libro.




jueves 9 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente
Esquinas dobladas (y IV)

Luego, una noche, sube hasta su casa. Y le deja en la puerta el libro, junto con otro de ella del que le había hablado hacía tiempo, con las esquinas pulcramente dobladas.

Cada uno en una acera distinta, a la vuelta de la última esquina de la ciudad, tan lejos que ni siquiera pueden verse los ojos. Es de noche. Es un sueño. Pero al despertar se buscan aún, y se encuentran, a tientas, en libros que son como espejos.




viernes 10 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente
Pequeños accidentes caseros

Me hice un tajo en un dedo cuando cocinaba.
Luego me despellejé otro dedo al abrir una botella.
Hoy me he raspado la pierna con el pico de la mesita.
Así que me he puesto seria:
he reunido en asamblea a todos los objetos de mi casa
y les he dicho que ya sé
que me muero de la pena,
que tengo el corazón en carne viva,
que ya sé
que no soy más que una herida que sangra tristeza,
que hasta respirar me duele porque él no me ama
como le amo yo;
en fin: que no hace ninguna falta, les he dicho,
que me lo recuerden también ellos
cada día.


De Pequeños accidentes caseros, que se presentará esta tarde en Madrid, a las 19:30, en la Casa del Libro, Gran Vía, 29, 5ª planta.




sábado 11 de diciembre de 2004 • 00:00 Enlace permanente
Invitada: Cristina Carneiro

SIETE VIGILIAS DE A.R.


vigilia I

Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre
del sueño de que tengo madre.
Apenas despierto me pongo a soñar que tengo madre
y creo que la sueño despierta
creyéndola apenas despertar soñada.
Ella pasó en esta tierra sus días, yo
toqué su cuerpo de carne.
De ahí mis confusiones.
No intento engañar a nadie.
Estoy sinceramente equivocado.


vigilia II

Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre
hasta que un día no despierte
para que ella se retracte.


vigilia III

Me le rendí a causa del viejo de la bolsa
amniótica. Luz, oscuridad rojiza
en la pared interior del párpado,
esperan al ojo al volver de ver.


vigilia IV

Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre.
Si seré necio.


vigilia V

Hurgón de alcantarillas,
modesto mercader de huesos,
todos los días
soy el viejo duelo entre mi cirujano y mi gozador
y mastico el habitual narcótico con la prótesis del habitual amor.
El príncipe del mundo no me sobresalta.
Todo es, por desgracia, inteligible.
Y despierto creyéndome y me duermo sin haber creído.


vigilia VI

Todos los días de mi vida despierto creyendo que tengo madre,
soñando que al caer la noche tengo por fin madre.
Comida caliente. Comida caliente y ropa limpia
para el bruto que vuelve de ganar el día a tiniebla y
crujir de dientes, comida en la mesa
para el duro traficante que llega del osario,
comida para resistir la noche,
comida, comida caliente me esperará al caer la noche, pues
la vida humana es aún sagrada, si no me confundo,
si estoy sinceramente confundido.


vigilia VII

Todos los días, todos los días, todos los días.


Cristina Carneiro, Para simplificar (inédito)




lunes 13 de diciembre de 2004 • 13:42 Enlace permanente

Silencio.
Pero entonces canciones.
Y abrazos.




martes 14 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente

Sopla el dragón verde entre las nubes rojas
y de su aliento dorado
brotan cinco caracolas.




miércoles 15 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente

Entonces, esta pluma blanca,
¿es de grulla o de paloma?




jueves 16 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente

No fue, finalmente, tan absurdo soñar que aquel hombre
me llevaba volando hasta el cielo
(aquel hombre que nunca había sabido volar y que vivía
en el mismísimo infierno):
fueron las quemaduras del fuego de ese infierno
las que finalmente me impulsaron hacia arriba
hasta alcanzar el cielo.




viernes 17 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente

No sé qué es más maravilloso:
Que las palabras estén realmente escritas sobre el cielo
o que tenga el don de leer palabras donde sólo hay nubes.




lunes 20 de diciembre de 2004 • 08:30 Enlace permanente

Ciertos gestos
(como dejarme el pelo de una forma determinada),
ciertos encuentros
(como aquel hombre a quien conocí en julio y luego
volví a ver en diciembre, sentado frente a mí)
ciertos objetos cotidianos
(como el espejo que compré esa mañana y no otra)
adquieren significado con el tiempo
(como las piezas de un rompecabezas desconocido y maravilloso).




martes 21 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente
El nombre es importante

Invento nombres para ciertas personas tan especiales que su nombre no me sirve para decirlo todo.




miércoles 22 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente

Mal papel el que nos toca a veces: ser el espejo
del monstruo que habita tras los ojos del otro
Cubierto
de su helado vómito, de sus orines, de sus heces,
de todo su dolor,
pero no roto.




jueves 23 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente

Todo quedó dicho con
tu blusa de seda artificial pulcramente colgada
del respaldo de la silla.




viernes 24 de diciembre de 2004 • 08:20 Enlace permanente

Desde el centro
me fui a vivir al este, cerca del Mediterráneo.
Viajé al sur del sur de Chile.
Soñé (aún sueño a veces) con el oeste, con Galicia.

Hoy miro al norte.




lunes 27 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente

En diez minutos puedo recitar una plegaria,
fumar un cigarrillo,
traducir un párrafo (siempre que no sea no demasiado complicado),
tomarme un café.

Yo decido.




martes 28 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente

He pasado el último año, desde que encontré este río, nadando plácidamente, descubriendo sensaciones nuevas, disfrutando del agua, casi sin más. Ayer supe, por fin, en qué dirección va la corriente. Ahora nado a su favor, al encuentro del mar.




miércoles 29 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente
Cuarenta pasos (I)

Adónde van las palabras que no se quedaron,
adónde van las miradas que un día partieron.

Silvio Rodríguez

De joven, tras una crisis, Miguel pasó unos días alojado en el monasterio de Santa María de Huerta. Una noche, durante la cena, el fraile hospedero, normalmente lacónico e incluso arisco, confesó que en las noches de invierno se echaba encima una manta gruesa, salía al cementerio, se sentaba junto a las tumbas y escuchaba. Otras veces, dijo, iba al claustro gótico del monasterio, donde está enterrado San Martín. El fraile dijo a los huéspedes que pasaba las noches allí, junto a la estatua del santo fundador, tratando de oír su voz.

-­Las palabras de Dios no se han ido -dijo-. Jesucristo habló en la cruz y sus palabras, «Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado?», se las llevó el aire y viajan por el universo, que es infinito. Pero algún día tal vez vuelvan. Y yo quiero estar aquí para escucharlas.




jueves 30 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente
Cuarenta pasos (II)

La mañana en que Miguel cumplió cuarenta años, mientras se afeitaba, se preguntó con nostalgia: «Lo que fuimos, ¿seguirá estando en alguna parte?»

Camino del trabajo, como todos los días, pasó junto a la calle donde había nacido. Allí, en el patio de la última casa, su madre había roto aguas. Cuarenta años más tarde, esa mañana, él giró a la derecha, desviándose de su ruta. «¿Quedará en el empedrado algo de lo que pasó entonces?», se dijo con curiosidad.

La casa estaba abandonada. Del edificio vecino salió una monja. Le preguntó qué quería. Él hizo un gesto con la cabeza y dijo: «En esta casa nací yo. Hace cuarenta años». La monja se encogió de hombros: «Pues aun así, hijo mío, no entiendo qué haces aquí. Naciste para algo, ¿no? Y no sería para volver.»

Él sonrió y echó a andar hacia la bocacalle. Contó cuarenta pasos, dobló la esquina, se reincorporó a su trayecto. Se sintió ligero. Y libre.




viernes 31 de diciembre de 2004 • 08:40 Enlace permanente
Cuarenta pasos (y III)

Miguel pensó en aquel fraile cisterciense. Y recordó estas otras palabras: «Dejad a los muertos que entierren a sus muertos».

Para Héctor Otero, que me contó la historia