Ver fotografía
Creditos
Textos: Berna Wang
Fotografías: Francisco Javier Garín Voxel Infográfica
Diseño: Joaquín Bernal Baara Estudio

Creative Commons © 2003 y años sucesivos, Berna Wang, bajo una licencia Creative Commons, excepto los textos citados, que son propiedad de sus respectivos autores.

Creado y administrado con Bitako 1.0





Archivo
Por meses Ver
Buscador Buscar
domingo 1 de febrero de 2004 • 00:00 Enlace permanente
Invitado: Fabricio Zamora

Casualidades

Un día como hoy, un 23 de enero, se casaron mis padres.

Un día como hoy, un 23 de enero, empecé a salir con mi actual mujer.

Hoy 23 de enero de 2004 me ha salido un grano en la nariz.

La vida y la dermatología nos sorprenden con sus casualidades.


Fabricio Zamora
Publicado en la lista Escritura Creativa el 23 de enero del 2004




lunes 2 de febrero de 2004 • 09:40 Enlace permanente
Miedos

Sí, a mi edad tengo miedo
aún de algunas cosas:
de equivocarme en las cuentas,
de tirar un papel que sí era necesario;
de la policía;
y de mí misma,
de confundir
lo que quiero –algo que sé muy bien–
con lo que puedo pedirte, que es nada
salvo lo que tú quieras darme.


(De Pequeños accidentes caseros)




martes 3 de febrero de 2004 • 09:40 Enlace permanente

Me basta saber la receta del cocido, dijo.

¿Para qué molestarme en hacer la compra, mancharme las manos,
poner la olla, esperar cinco horas?
No me hace falta comerlo, dijo,
ya me imagino a qué sabe.

Para explicar qué es,
para enseñar cómo se hace,
es suficiente conocer la receta,
dijo.




miércoles 4 de febrero de 2004 • 09:40 Enlace permanente

Para Juan de Juan

Llora el león en la sabana.
La cebra lo mira
con ternura.




jueves 5 de febrero de 2004 • 09:40 Enlace permanente

Mientras dormías
te dejé impresa una sonrisa en la espalda.


(De Pequeños accidentes caseros)




viernes 6 de febrero de 2004 • 09:40 Enlace permanente

Siente miedo, inquietud, agitación, como si un viento tórrido soplara sin cesar en su interior acelerando su corazón, sin permitirle permanecer quieto, descansar. Habla, habla, habla. Todo le parece equivocado y torcido, un error gigantesco, sobre todo lo armonioso, lo bueno: no puede ser, no puede soportarlo. Duele tanto el contraste. Duele demasiado. Trata de destruirlo. ¿No está desolado él? ¿No es una víctima injusta del mundo? Hay que incendiar el mundo, entonces: que no quede ni una flor, ni un árbol, ni un edificio en pie; que todos se vistan de luto porque él está muerto: «lloradme», reclama a gritos. Pero el mundo sigue su marcha a pesar de ese odio que, ay, no mueve nada y tampoco lo detiene: sólo se come las entrañas del que odia, como un viento tórrido que soplara sin cesar en su interior, mientras lo odiado permanece ignorante y feliz. Decepcionado, se aleja de todo sintiendo más ira que nunca, escupiendo palabras de desprecio. Habla, habla, habla. Tiene miedo del silencio, de oír ese viento tórrido que sopla sin cesar en su interior. Rodeado de otras personas decepcionadas, intercambia venenos. Y finalmente se oculta en lo más profundo de su guarida, lo más lejos posible de la luz del sol. Agitado por ese viento tórrido que sopla sin cesar y le devora las entrañas.




sábado 7 de febrero de 2004 • 00:00 Enlace permanente
Invitado: Aquiles Nazoa

Creo en Pablo Picasso, todopoderoso, creador del cielo de la tierra.

Creo en Charlie Chaplin, hijo de las violetas y de los ratones, que fue crucificado, muerto y sepultado por el tiempo, pero que cada día resucita en el corazón de los hombres.

Creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable.

Creo en los grillos que pueblan la noche de mágicos cristales.

Creo en el amolador que vive de fabricar estrellas de oro con su rueda maravillosa.

Creo en la cualidad aérea del ser humano, configurada en el recuerdo de Isadora Duncan abatiéndose como una purísima paloma herida, bajo el cielo del Mediterráneo.

Creo en las monedas de chocolate que atesoro secretamente bajo la almohada de mi niñez.

Creo en la fábula de Orfeo.

Creo en el sortilegio de la música, yo que en las horas de mi angustia vi, al conjuro de la Pavana de Fauré, salir liberada y radiante a la dulce Eurídice del infierno de mi alma.

Creo en Rainer María Rilke, héroe de la lucha del hombre por la belleza, que sacrificó su vida al acto de cortar una rosa para una mujer.

Creo en las flores que brotaron del cadáver adolescente de Ofelia.

Creo en el llanto silencioso de Aquiles frente al mar.

Creo en un barco esbelto y distantísimo que salió hace un siglo al encuentro de la aurora, su capitán Lord Byron, al cinto la espada de los arcángeles, y junto a sus sienes un resplandor de estrellas.

Creo en el perro de Ulises, en el gato risueño de Alicia en el País de las Maravillas, en el loro de Robinson Crusoe, en los ratoncitos que tiraron del coche de la Cenicienta, en Beralfiro, el caballo de Rolando, y en las abejas que labraron su colmena dentro del corazón de Martín Tinajero.

Creo en la amistad como el invento más bello del hombre.

Creo en los poderes creadores del pueblo.

Creo en la poesía y, en fin, creo en mí mismo puesto que sé que hay alguien que me ama.


Aquiles Nazoa (Venezuela 1920-1976)
Publicado por Eduardo en la lista Escritura Creativa el 21 de enero del 2004




domingo 8 de febrero de 2004 • 00:00 Enlace permanente
Invitada: Trini Rivero

Cuando un poeta vive,
vive como todos,
su casa no es distinta
ni es distinta su mesa
ni su sangre.

Cuando un poeta habla,
no habla como todos:
habla soles

ciénagas

flequillos
ecuaciones de tres incógnitas

uñas

ausencia

amor

hojas que caen

nacimientos

y

miradas intensas azul zafiro

o Mare Nostrum.

Escudriña el mundo, disecciona, desperdiga.

Cuando ese poeta muere,
muere como todos,
su tumba no es distinta
ni es distinto su nicho
ni la pena.

Pero sus palabras blancas
murmuran al rozar la orilla
salada de la noche.


Trini Rivero
Publicado en la lista Escritura Creativa el 29 de enero del 2004




lunes 9 de febrero de 2004 • 09:40 Enlace permanente

El día que me concibieron
empezó a cambiar mi vida.
Desde entonces
cada segundo soy diferente de la que era un segundo antes.

Cada gota de agua,
cada rayo de sol,
cada palabra que escucho
y que digo,
cada persona que he conocido,
cada soplo de aire que inhalo
me hacen cambiar lenta
y vertiginosamente a la vez.

No es la misma persona quien empezó este poema
y quien ahora lo termina.


Cambios y recambios




martes 10 de febrero de 2004 • 09:40 Enlace permanente

Tantos años,
tantas equivocaciones,
tantas diferencias,
tantos cambios
y tanto dolor después
-y contra todos los pronósticos
de todas las aves de mal agüero-
seguimos riéndonos juntos.




miércoles 11 de febrero de 2004 • 09:40 Enlace permanente

Miro en un álbum de fotos y encuentro esta instantánea mía de hace un par de años (por lo menos):

«Antesdeayer por la tarde esperaba el autobús en la plaza de Colón. Estaba cansada y me senté al sol. Giré la cabeza, distraída, y me vi en el cristal de la marquesina, demacrada y seria. Tuve ganas de que me abrazara alguien y volví a girar la cabeza. La levanté hacia el sol y sonreí para que entrase.»




jueves 12 de febrero de 2004 • 09:40 Enlace permanente

Leído en el mismo álbum:

«El amor entra en nuestra vida por los huecos que abre la risa.»




viernes 13 de febrero de 2004 • 09:40 Enlace permanente

Hace ya un año me dije: trata a las personas (incluida a ti misma) con delicadeza y atención. Actúa con relajación y concentración.

Me pareció tan importante que, unos meses después, le pedí a mi madre que me lo escribiera en chino, con su hermosa caligrafía. Y lo colgué en la pared.

Más tarde averigüé que otras personas hacían lo mismo y que, en realidad, sólo había reinventado la rueda. Pero para entonces ya llevaba varios meses circulando felizmente.

Sinogramas




sábado 14 de febrero de 2004 • 00:00 Enlace permanente
Invitado: Fabricio Zamora

El coleccionista de libros

He pasado la vida atesorando libros.
Me faltan estanterías para ponerlos.
Muchos los tengo en cajas. Tal vez cuatrocientos.
Ayer por primera vez regalé uno.
Me siento más ligero.
Mañana regalaré otro.


Fabricio Zamora
Publicado en la lista Escritura Creativa el 30 de enero del 2004




domingo 15 de febrero de 2004 • 00:00 Enlace permanente
Invitado: Juan de Juan

El trenzado de Roque

Un hombre se llamaba Roque, y trenzaba mimbre. Lo hacía porque tenía muchas cosas en las que no pensar, llantos pretéritos y una vida dura. Era tanta su necesidad de no pensar que hizo de sí mismo un experto trenzador de mimbre, tan experto que un día se fijó en algo. Si, además de trenzar las tiras de mimbre, consigues revolverlas y anudarlas, puedes conseguir estructuras nudosas que dan relieve al trenzado. Si manipulas esos nudos, haciéndolos allí donde te interesa y no haciéndolos donde no, puedes crear cestas, respaldos de sillas, armarios de mimbre que reproduzcan escenas en relieve. Es un trabajo arduo y casi imposible porque trabajas con láminas de mimbre muchísimo más largas (necesitas más mimbre porque en los nudos consumes mucho), y eso significa mucha fuerza, mucha pericia y mucho tiempo.

Para aquel hombre, el trenzado, al que puso su nombre, acabó siendo su mejor amigo. Las personas pasaban frente a su casa y lo veían trabajando y le preguntaban cosas pero él, concentrado en su trabajo, tan sólo les ladraba: el trenzado es mío, es el trenzado de Roque.

Trenzar escenas fantásticas en mimbre lo liberó de los fantasmas de su tristeza, aunque también lo alejó de las posibles fuentes de felicidad. Roque era tan rudo con las personas como suave con el mimbre. En el fondo, lo que le ocurría es que sabía mucho más del mimbre que de las personas y por eso obtenía de él lo que quería mucho antes. Él no entendía a personas que no le entendían a él. Parecía, pues, no querer a personas que, con el tiempo, acabaron por decirse que no le querían, para protegerse de su ausencia.

Un día, cuando ya era viejo, Roque descubrió un temblor en las manos. Empezó con poca cosa pero después de un par de meses era algo decididamente molesto. El médico le dijo que tenía Parkinson. En realidad, a Roque le importó poco derramar el vino al escanciárselo en el vaso o tardar minutos en meter la llave en la cerradura de su casa. Lo que realmente le importó es que, con la enfermedad, el mimbre se convirtió para él en un extraño. Él sabía muy bien que los bastos amasijos de láminas que compraba al peso escondían la belleza, esas escenas que él imaginaba y había aprendido a reproducir retorciendo las hojas. Sólo que esa belleza se le escapaba porque sus manos torpes ya no eran capaces de obtenerla.

Lo creyó todo terminado. Se volvió todavía más distante de lo que ya era. Su familia lo trataba con cuidado, con el miedo con que se trata a alguien cuya ira se sabe arbitraria. El día que cumplió 90 años, aún así, todos estuvieron presentes. Sus hijos y sus nietos cercanos y lejanos. Cada uno con un regalo, presentes que él recibía con indiferencia y apenas mantenía unos segundos entre sus manos temblorosas.

Al final de la fiesta se acercó a él uno de sus nietos, niño aún. Le entregó un paquete que había traído desde la ciudad donde vivía con sus padres, una ciudad muy, muy lejana, en la otra punta del mundo. Cuando Roque abrió aquel paquete con desgana, se encontró con un ancho joyero de mimbre. Al instante, las yemas de sus dedos reconocieron la textura nudosa de esa forma tan peculiar de tejer el mimbre. Estudió con sus ojos cansados la tapa. Alguien había construido en relieve una escena. Un hombre anciano tejiendo mimbre. Imaginó que el hombre de la tapa de la caja estaba tejiendo una caja en cuya tapa dibujaba a un hombre tejiendo una caja en cuya tapa se distinguía a un hombre tejiendo una caja.

De dónde es esto, preguntó Roque con curiosidad. Su nieto le dijo: de la ciudad de donde yo vengo.

Y añadió: allí todos los trenzados de mimbre son así. Es tradición. Lo llaman el trenzado de Roque.


Juan de Juan
Publicado en la lista Escritura Creativa el 13 de febrero del 2004




lunes 16 de febrero de 2004 • 09:40 Enlace permanente

Resulta que los demás no sólo nos piensan, sino que también nos sueñan.
Sin pedirnos permiso,
sin pagarnos derechos,
sin que nuestras indignadas protestas –«¡Pero YO no soy así!»–
sirvan de nada.

Habrá que acostumbrarse, entonces,
a convivir con nuestros hologramas
y a que hagan con ellos lo que les plazca.

Mientras seguimos intentando ser,
calladamente, con tenacidad,
nosotros mismos.




martes 17 de febrero de 2004 • 09:30 Enlace permanente

Para Alice

Que la vida te regale en su momento
sólo el dolor preciso:
ni tan leve que pase desapercibido
ni tan grande que lo invada todo.

Que no te olvides
ni necesites analgésicos para olvidar.

Sólo el latido exacto en el lugar justo
para saber que la herida está ahí,
que hay que tener paciencia,
y cuidarla hasta que cure.




miércoles 18 de febrero de 2004 • 09:30 Enlace permanente

Se volvió loca cuando despertó y vio que estaba en la prisión.

Todas obedecíamos las normas, por absurdas que fueran,
pero ella decía: «ya he hecho todo el mal que podía hacer,
ahora sólo haré lo que me dicte mi conciencia».

Todas eludíamos los castigos,
pero ella decía: «no existe castigo peor que estar en la cárcel».

Todas queríamos recuperar la libertad cuanto antes,
pero ella decía: «no tengo prisa: estoy aprendiendo a ser libre».

Todas teníamos miedo,
pero ella decía: «ya estoy en el infierno, ¿qué más puedo temer?».

Decididamente, se volvió loca cuando descubrió que estaba en la prisión.




jueves 19 de febrero de 2004 • 09:30 Enlace permanente

De pronto olas enormes como muros negros, no puedo hacer nada,
me hundo en el agua
como una piedra.

De repente olas gigantescas como lenguas verdes, intento nadar,
me hundo en el agua,
exhausta.

Conciencia de la tormenta que se avecina, me abandono.
No me hundo.
Las olas me mecen, la tormenta pasa.




viernes 20 de febrero de 2004 • 09:30 Enlace permanente

Me amaste con tanta tenacidad y tanto dolor que un día deseé, por primera vez, cambiar. O, quizá, ser por fin quien siempre quise ser. O tal vez convertirme en quien siempre fui pero había olvidado. Y lo hice sabiendo (ambos lo sabíamos) que corría el riesgo de perderte para siempre por el camino.

Por eso ahora, cada vez que nos encontramos (y nunca sabemos cuándo ocurrirá, ni si habrá próxima vez, y eso ha dejado de ser importante), es día de fiesta.




sábado 21 de febrero de 2004 • 00:00 Enlace permanente
Invitado: Mario Meléndez

Recuerdos del futuro

Mi hermana me despertó muy temprano
esa mañana y me dijo
«Levántate, tienes que venir a ver esto
el mar se ha llenado de estrellas».
Maravillado por aquella revelación
me vestí apresuradamente y pensé
«Si el mar se ha llenado de estrellas
yo debo tomar el primer avión
y recoger todos los peces del cielo».


Mario Meléndez
Publicado por Lola en Vae Victis




domingo 22 de febrero de 2004 • 00:00 Enlace permanente
Invitado: Fabricio Zamora

El proceso de la muerte

Murió una tarde de noviembre, pero no se dio cuenta. Sería por despiste, por neligencia o por falta de un médico diligente que le advirtiera de su condición de cadáver. Los primeros síntomas de que no estaba vivo consistieron en una dificultad para controlar los movimientos de sus intestinos y la tendencia a olvidarse de las cosas. Lo primero trató de
atajarlo yendo a todas partes con un orinalito. Lo segundo no tenía solución. Empezó olvidando los sucesos desagradables de su vida, lo que no fue una gran pérdida. Luego se olvidó de los parientes con los que vivía, lo que tampoco fue algo que le apenase. Finalmente empezó a perder las palabras, hasta que no pudo recordar más que algunas como «mamá», «casa» o «perro» que las había aprendido hacía tanto tiempo que se le habían quedado aferradas a las neuronas. El día que para pedir que le trajeran un pijama limpio dijo: «Agua casa ven», supo que había tocado fondo y no volvió a abrir la boca. Sentado en su mecedora, silencioso, absorto, sin darse cuenta ya de que llevaba tres años sin respirar, fue convirtiéndose en leño. Su cuerpo se impregnó de la textura de la mecedora, sus articulaciones imitaron los nudos de la madera, sus poros comenzaron a exhalar aroma a nogal y su piel adquirió el tono oscuro de los sillones frailunos. Sus parientes apenas notaron el cambio de tan gradual que fue. Si acaso advirtieron que llenaba el orinalito menos a menudo y que comía como un pajarito y luego ya ni eso. Un día, cuando ya había pasado tanto tiempo que la casa había cambiado dos veces de propietarios y los nietos que alguna vez se habían sentado encima de sus rodillas peinaban canas, alguien se preguntó qué hacía ese leño encima de la mecedora y como era un invierno frío lo echaron a la chimenea. El contacto con el fuego reanimó su conciencia, que llevaba varios años sin tener un pensamiento. Como todos los que mueren, vio un túnel oscuro y una luz al fondo, pero en su caso era el tiro de la chimena. Sus cenizas quedaron esparcidas en una pradera, sobre un área de quinientos metros cuadrados. Preocupado por ese cambio de estatus, se preguntó cómo haría planes u organizaría cosas ahora que estaba disperso en una exensión en la que cabría un campo de fútbol y que iba a convertirse en cosas tan peregrinas como la leche que producirían las vacas que pastaban en la pradera, la bola de barro y heces que empujaba un escarabajo pelotero o una lombriz a la que algún gorrión comería. Fue una preocupación instantánea que desapareció tan pronto vino. Daba lo mismo ser hombre, que leche o lombriz. Lo importante es que seguía allí.


Fabricio Zamora
Publicado en la lista Escritura Creativa el 19 de febrero del 2004




lunes 23 de febrero de 2004 • 09:30 Enlace permanente

No intento explicarme qué ha pasado.
Miro con los ojos muy abiertos
lo que sucede en este momento.
No intento saber qué pasará.




martes 24 de febrero de 2004 • 09:20 Enlace permanente
Cuarta posibilidad

Conciencia de la tormenta que se avecina, busco refugio.
Me abrazo a la columna que sostiene el soportal, la ola
embiste
y pasa.

No me lleva, no me hundo.




miércoles 25 de febrero de 2004 • 09:20 Enlace permanente

Después de todo un día de limpieza, he abierto la caja que estaba dentro de la caja que estaba dentro de la caja que estaba en el fondo del armario y he visto de nuevo la joya que tenía guardada.

Cuando me la ponía en el pelo he pensado que me gustaría tener memoria para recordar quién me hizo ese regalo y darle las gracias.




jueves 26 de febrero de 2004 • 09:20 Enlace permanente

Hojas secas como papel.
Caen los copos de nieve
preñados de agua helada.




viernes 27 de febrero de 2004 • 09:20 Enlace permanente

En clase de geografía me enseñaron que la tierra era redonda. Muchos años más tarde, en un acantilado frente al mar, vi que era redonda.




sábado 28 de febrero de 2004 • 15:20 Enlace permanente
Invitado: 張藝謀 (Zhang Yimou)

戲做得好能騙別人,
做得不好只能騙自己.
連自己都騙不了的時候
那只能騙騙鬼了.

(Xì zuòde hăo néng piàn bié rén,
zuòde bù hăo zhĭ nēng piàn zìjĭ.
Lián zìjĭ dōu piàn būliăode shīhou
nà zhĭnéng piàn piàn gŭi le.)

Si eres buen actor podrás engañar a los demás,
si no eres buen actor sólo te engañarás a ti mismo.
Y si ni siquiera te engañas a ti mismo
sólo engañarás al diablo.


Versión al castellano de Ambrosio Wang y Berna Wang
De 大紅燈籠高高掛 (Dà hóng dēng lóng gāo gāo guà) (La linterna roja)




domingo 29 de febrero de 2004 • 00:00 Enlace permanente
Invitado: Fabricio Zamora

Almas gemelas

Llevaban siglos reencarnándose juntos. Hubo vidas en las que él fue el padre y ella la hija. Otras en las que ella fue el marido y él la esposa. Incluso hubo una vez de infausta memoria en la que fueron hermanos siameses.

Lo importante es que siempre habían estado juntos.

En aquella vida algo salió mal. Él era lama tibetano y ella pastora en Anatolia. Desde niña ella sintió que algo le faltaba y cuando ese anhelo desconocido se hacía demasiado apremiante, salía de la cabaña y se sentaba en una roca mirando hacia el oriente y sólo eso la calmaba un poco.

A los quince años la casaron con otro pastor de un pueblo vecino y ella pensó que el matrimonio borraría esa insatisfacción que tenía desde niña, pero la insatisfacción no hizo más que crecer. Era como una voz interior que le dijera a todas horas que en otra parte existía otra vida.

Su marido no era mala persona y aceptaba que le habían casado con una mujer un poco peculiar. La dejaba con sus manías. Ordeñaba bien, no miraba a otros hombres y se podía comer lo que cocinaba. Peores mujeres hay en el mundo.

Una noche de otoño ella sintió crecer el anhelo por ese algo desconocido. Era como una bola en su estómago que le impidiera respirar. “Salgo un momento fuera”, le dijo a su marido.

–¿A estas horas?

–Me ha parecido oír un ruido. Tal vez un lobo esté acechando a las ovejas.

–Bueno, pero no tardes. Tengo ganas de cenar.

La luna llena brillaba en el cielo. Echó a andar hasta las dos rocas graníticas que marcaban el borde del prado. El viento ululaba y la llamaba por su nombre. Cuando hubo llegado donde las rocas le pareció que lo más natural era seguir andando.

Pasaron cuarenta años. Ahora hablaba tibetano, sabía ordeñar yaks, conocía varios ritos tántricos, su cabello estaba blanco y ya no sentía ningún anhelo. Entró en la cabaña. Su marido estaba sentado a la mesa.

–Has tardado bastante.

–La noche estaba tan agradable que me olvidé del tiempo. Me puse a andar y me alejé demasiado.

–Está bien. ¿Podrías preparar la cena? Tengo hambre.


Fabricio Zamora
Publicado en la lista Escritura Creativa el 24 de febrero del 2004