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Entre el ruido de las conversaciones, sonó de pronto el piano de Bill Evans: Never let me go. Me acerqué despacio a la mesa y dejé sobre el mantel rojo mi copa vacía. Y me marché sin despedirme. ¿Para qué, si tarde o temprano nos reencontraríamos? Salí al silencio de la noche tarareando, sonriente: please, let me go.
Es tiempo de cambios y nuevos proyectos. El primero es cerrar este como es debido: La mirada oblicua deja de emitirse en Radio 3 y también deja de publicarse, a partir de hoy, 1 de septiembre. Dedicaré parte de este mes a seleccionar los textos que formarán parte de La mirada oblicua (el libro) que publicará adamaRamada y que, con prólogo de Lara López, esperamos presentar en Madrid, en la librería Tres rosas amarillas, a mediados de noviembre.
Seguiré escribiendo (no puedo evitarlo) y abriré un nuevo blog; todavía no sé cuándo. En cualquier caso, estoy segura de que, tarde o temprano, nos reencontraremos: aquí, ahí, en la calle.
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En la palma de tu sombra me cantaste una canción.
Renacido
de entre las brasas.
El libro se abre blandamente.
Se queda abierto sobre la mesa
sin necesidad de poner nada sobre sus páginas.
Blan
da
men
te.
Por el mercado y su suelo de agua dulce,
la cocina al sol,
la tabla y el cuchillo,
la sartén abollada, el arroz lavado (siete veces por lo menos);
el vino en sus copas,
tan transparente.
Gracias por el ventilador y su vacilante traqueteo
en la penumbra.
Por los cubiertos de plata y las servilletas de tela,
la luz que entraba por el balcón mientras me leías en voz alta
(por las fotos: por mirarme).
Pero,
sobre todo,
gracias
por tu compañía.
Nos despedimos en el torno.
En la escalera mecánica iba a volverme
para mirarte y entonces recordé
algo que habías contado días atrás:
«El hombre y la mujer se despidieron
y él pensó:
“Si le gusto, se dará la vuelta”»
Ella se había girado.
En la escalera mecánica el recuerdo me hizo reír
y también tuve miedo:
no me giré.
Si se quemaran algún día
todos los libros del mundo
—si se quemaran incluso
todos los sistemas informáticos y cualquier otro medio
electrónico o mecánico, incluyendo fotocopias,
grabación magnetofónica y cualquier otro sistema
de almacenamiento de información—
quedarían ellas:
las personas libro.
Su voz que nos respira,
su memoria amante.
Desconocido, si al pasar junto a mí deseas hablarme, ¿por qué no has de hablarme?
¿Y por qué no he de hablarte?
Como un gorrión que se ahoga,
sentada frente a la ventana abierta,
busco
y respiro
cada soplo mínimo de brisa.
Zigzagueo buscando la acera de la sombra
como un animal sediento,
enfebrecido.
Mediodía en la ciudad.
Sacudo las camisas mojadas:
un movimiento seco
de las muñecas.
Las tiendo,
aliso las mangas.
Suspiro.
La luna recorre el cielo
enmarcado por la ventana.
De izquierda a derecha.
Despacio.
Que pueda dejar de cometer los errores de siempre
y empiece a cometer otros
totalmente nuevos.
Silencio de domingo
por la tarde.
Hasta las palomas
hablan en susurros.
Tintinean
las cucharas colgadas del cuello
en el lavavajillas
como campanas
calientes.
La noche se alarga en los sofás,
en palabras que de pronto
risas sorbos vasos que caen.
En el cielo de Madrid, sólo se ve a Júpiter.
Aquí abajo, sólo nosotros existimos.
Desde la cocina
oigo a alguien quejarse en el patio.
Alguien enciende la radio,
oigo una canción tristísima.
Una pierde cosas de pronto:
el bolsillo del abrigo
tenía un agujero
y no lo sabía.
Una también encuentra cosas
–y cose el bolsillo–
para descubrir luego que no era de oro
aquello que brillaba tanto.
Una sigue caminando por senderos
que se ramifican
y en las ramas
encuentra pájaros
que cantan en lenguas desconocidas.
A esas alturas, claro,
una ya no lleva abrigo.
Porque no tiene frío,
porque no quiere guardar nada,
pero, sobre todo,
porque no quiere espantar a los pájaros.
Aún hay nieve en las montañas.
El río baja
rápido, ancho.
Los árboles de la orilla suspiran apenas
con el agua al cuello.
Todas las constelaciones caen sobre nosotros.
El cielo se ha abierto de nuevo
en un solo relámpago que no acaba nunca.
Sacudo las sábanas limpias.
Dos o tres pequeños insectos caen y se esconden
apresuradamente
en la hierba.