Somos buenos, pero no idiotas: Esta página está protegida del plagio por Copyscape
Se me han mojado los pies:
llovía cuando he salido a la calle.
A veces olvido
qué debería hacer cuando tengo miedo.
Esto no es un poema:
es lo que más deseo,
lo único que deseo;
aquello por lo que lo daría todo:
que seas feliz.
Un geranio rojo.
El hombre tiende con parsimonia
unos pantalones grises.
El tiempo que creímos perder
está siempre aquí,
al alcance de la mano.
La calle tiene sólo
cuatro árboles.
Entre dos de ellos,
mi portal.
La tormenta de primavera
me sorprende en la terraza del café
hablando de literatura con Enrique.
Nos vamos antes de que se nos mojen
también las palabras.
También en este cielo
de nubes que resplandecen anaranjadas por la luz de las farolas
pasa la luna todas las noches,
cada noche con un pedazo menos.
Los mirlos cantan al caer la tarde
desaforados
para hacerse oír entre el ruido
del tráfico.
En la casa de al lado
siempre hay alguien que duerme
(suena un despertador a las 2 de la mañana),
alguien que cocina,
alguien que come.
A veces, alguien que ríe.
Actos reflejos, como mirar
en la puerta, a la izquierda,
buscando mi propia imagen
(pero esta puerta de ahora no tiene cristal).
O extrañarse
de que no esté la gata esperándome fuera.
Las nubes pasan veloces
al otro lado de la ventana.
A este lado tú caminas
paso a paso,
cada vez con más firmeza.
Espero impaciente la hora
y luego se me olvida.
Todas las tardes me sorprende
el último rayo de sol que recorre
las tres ventanas,
una detrás de otra,
y llena la casa, por unos minutos,
de luz dorada.
Abro la puerta y la corrala huele
a vainilla, cilantro
y cebolla.
Oigo una conversación que es un murmullo
en una lengua que desconozco.
La intimidad es un sitio caliente
y seco.
Fuera llueve.
A veces amar consiste sólo en estar:
estar aquí cuando regresas
y también cuando no regresas.
La vida, creo yo, se parece a aquel viaje que hicimos
de madrugada:
millones de copos de nieve
que se estrellan sin ruido contra el parabrisas.
Vamos despacio
—sin tocar el freno—,
admirando su belleza,
algo asustadas.
Y nos reímos.
Desde el cable de la luz
tendido entre dos casas
los vencejos se lanzan en picado.
La primavera florece en orden:
primero los almendros,
luego los cerezos
y el peral de la esquina.
Ahora los lilos
y el árbol del amor
y más tarde
el saúco.
Por último, la hierba se cubrirá
de amapolas.
Las hormigas exploradoras
han vuelto:
recorren rápidas la encimera
en busca de comida.
Las cojo entre dos dedos
con infinito cuidado
y las saco al jardín.
Mientras estaba fuera han puesto el jardín:
centros amarillos de dientes de león
aquí y allá,
pequeñas flores azules y blancas para abrir boca.
Parejas de mariposas que vuelan,
como la nieve,
de izquierda a derecha.